lunes, 15 de agosto de 2011

Recuerdo de cierto cine religioso

LA GUERRA DE DIOS (1953)

La temática religiosa es tal vez una de las que más vacía las salas y apaga las televisiones adonde fuere. Se ve que Dios es cada vez menos cinematográfico y menos comercial, incluso molesta que se hable de él. Eso sería motivo de un gran debate y de un profundo análisis, pero yo no pienso hacerlo.
Me limito a comentar la cinta que nos ocupa, La guerra de Dios que data de 1953. Resulta curioso, en Somos nos programan seguidas dos cintas del mismo director y si ésta es la cara, la otra era la cruz, Aventuras de Juan Lucas (1949), que me pareció mediocre y deshilvanada.
Al "tío Gil" le conocí en los últimos años de su carrera, fue en una mesa redonda sobre Cifesa en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, cuando residía en la capital de España, y mantuvimos correspondencia hasta su final. Un hombre muy afable del que se sabe muy poco.
Rodó buenas películas que se merecen revisar, y otras muy mediocres. La inspiración es algo que resulta pasajero o que se produce cuando uno se siente cómodo con lo que está haciendo.
El actor protagonista es belga, Claude Laydu, que debutó en El diario de un cura de campaña (1951), otro título a revisar, y falleció hace pocos días en París (Francia).Nos encontramos con varios rostros conocidos como María Eugenia Escrivá, aquí una niña, que años después reconvertida en diseñadora de vestuarió trabajó conmigo en La grieta (1989) de Juan Piquer; el impagable entre los impagables Fernando Sancho, Francisco Rabal en uno de sus mejores trabajos, Jaime Blanch, Gerard Tichy (con quién coincidí en La bestia y la espada mágica), Felix Dafauce (ahora tristemente olvidado), Alberto Romea, y como productor Manuel Goyanes el futuro descubridor de Marisol.
La película que nos ocupa fue para mí una sorpresa porque esperaba un sermón latoso y me encontré con un profundo film social sobre la explotación del minero en las minas por parte de un patrón (José Marco Davo) carente de escrúpulos. Me he acordado de Metrópolis, de Fritz Lang traslado al mundo de la minería: problemas sociales, explotación, miseria y alienación, una hecatombe y finalmente el obrero más rebelde (Rabal) y el patrón se estrechan la mano.
Para Gil la superación de la lucha de clases se salda con la unión de patronos y obreros, con la justicia social. El patrón es mostrado como un ser egoísta, mezquino, ruin. Los trabajadores están todos desmoralizados, han perdido la confianza en sí mismos y acaban por subvalorarse a sí mismos. El sacerdote trata de reconciliar a las dos partes.
Sorprende la puesta en escena, esa impresionante fotografía en blanco y negro de Alfredo Fraile que en aquella época era sublime. Unos diálogos en algunos aspectos farragosos, tendientes al fácil discurso. Pero la imagen tiene impacto, fuerza.
La guerra de Dios, con esos mineros que visten harapos con remiendos, ¡ay qué lejos de los proletarios de las actuales series de TV que parecen haberse vestido en El Corte Inglés!, es un importante ejemplo de cine social a pesar de las limitaciones de la época. Pero aún así se merece su revisión actual.
M


Título original: La guerra de Dios
Año: 1953
País: España
Duración: 96 min.
Género: Drama
Temática: Religiosos
Director: Rafael Gil
Guión: Vicente Escrivá, Ramón D. Faraldo
Música: Joaquín Rodrigo
Fotografía: Alfredo Fraile
Reparto: Claude Laydu, Francisco Rabal, José Marco Davó, Fernando Sancho, Gérard Tichy, Jaime Blanch, María Eugenia Escrivá

Ganadora de la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián y el premio al mejor director para Rafael Gil, que firma uno de sus mejores trabajos. También obtuvo el León de Bronce en la Mostra de Venecia y Paco Rabal recibió el premio al mejor actor por parte del Círculo de Escritores Cinematográficos, entre otros premios que cosechó el film.



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