miércoles, 8 de diciembre de 2010

En busca del amor (1964)

AVENTURAS DE ANN MARGRET
EN LOS MADRILES

Hollywood, la ciudad de los sueños, volvió alguna vez la mirada hacia España para utilizarla como decorado de algunas de sus películas un tanto tópicas. Tras el éxito de Creemos en el amor (1954) de Jean Negulesco, al que conocí personalmente en el extinto Festival de Barcelona ataviado como un cowboy de antigua estampa, se repitió la fórmula en muchas películas similares tocándole el turno esta vez a España y a Madrid.
La fórmula es muy sencilla; unas chicas norteamericanas en un país extranjero que nos es mostrado con toda clase de tópicos a cada cual más pueril en donde las mocitas caerán enamoradas de sus respectivos galanes, a los que conocerán, perderán y recuperarán con las rutinarias recetas del cine de consumo.

Si en 1954 la ubicación fue Roma y la Fontana de Trevi, famosa por el espectacular baño de Anita Ekberg en La dolce Vita de Federico Fellini, nos encontramos diez años después con Madrid, Toledo, Segovia, el Museo del Prado, una playa andaluza y flamenco. Aparecen en papeles pequeños Manolo Morán de guardia urbano, José Calvo como taxista y el bailarín Antonio Gades. Los dos primeros aparecen sin acreditar, vaya desconsideración por parte de los gringos.
Las chicas protagonistas de En busca del amor son Pamela Tiffin y Carol Linley, ambas guapísimas, quienes se pasean ligeras de ropa por su increíble apartamento. Los guionistas ignoran que en Madrid, esos habitáculos son más pequeños que el camarote de los hermanos Marx, además de claustrofóbicos suelen ser deprimentes y fríos. En fin, los gringos montan el decorado en un estudio de Hollywood con dimensiones ficticias.
Afortunadamente los exteriores naturales son españoles, así como el mismísimo Museo del Prado que es mostrado al mundo con inusual brillantez.
Las chicas y otros actores hablan frases sueltas con un castellano macarrónico, a veces apenas se les entiende nada. ¡Ah, se me olvidaba! La tercer chica del apartamento era nada más y nada menos Ann Margret, una actriz sueca afincada en los Estados Unidos, que había despuntado con Un beso para Birdie.
Increíblemente guapa, la pelirroja estaba muy bien dotada para el cine musical pero entonces no estaba de moda y cayó en producciones indignas de su talento destacando un par de comedias en Italia al lado de Vittorio Gassman.
En esta película Ann Margret ejecuta algunos musicales, baila flamenco con Antonio Gades que hace un oportuno mutis por el foro para dejar a la estrella su sólo, y luego en una secuencia de infarto ejecuta un número en la playa luciendo un esplendoroso bikini que vi en su día y jamás olvidé.
Se trata pues de una producción menor que supuso un escaparate internacional para España, mucho mejor que el realizado por Woody Allen en Barcelona, del que queda para el recuerdo las andanzas de tres chicas bonitas y la aparición de una ya madura Gene Tierney en el ocaso de su carrera. Lo demás no es más que una absurda sucesión de tópicos tanto cinematográficos como nacionales. La más ridícula es la de afirmar que todos los españoles bailamos flamenco, presentándonos como un pueblo tercermundista.

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